Con mucha frecuencia, los temas educativos que toman estado público son aquellos referidos al bajo rendimiento de los alumnos, a un sistema que sigue en crisis y está buscando el modo de reformularse para ser eficiente, a facilidades y mesas de exámenes cada vez mayores para que los estudiantes pasen de grado o de curso, al ausentismo escolar, a la deserción, a la violencia. Sin embargo y afortunadamente, no todo es negativo. Haber logrado un 93% de presentismo en el año en una escuela que se caracterizaba justamente por lo contrario, es una muy buena noticia.

La experiencia tuvo lugar en la escuela Benjamín Matienzo a la que asisten 700 alumnos que provienen de barrios periféricos y de alta vulnerabilidad social tales como Tiro Federal, Hipódromo, Lola Mora; de circos y parques de diversiones y de los hogares Eva Perón y Santa Rita. Hasta hace cuatro años, el índice de ausentismo era elevado y los alumnos tenían que recuperar a fin de año la mayoría de las materias. Los chicos no sabían expresarse ni escribir en el pizarrón ni realizar operaciones básicas; eran considerados analfabetos estructurales, es decir niños que viven en una pobreza extrema.

La Matienzo forma parte de los establecimientos rururbanos, es decir la escuelas rurales con características urbanas. En estas y en las de la periferia el presentismo anual tiene un promedio de entre el 60% y el 65%.

Se construyó un nuevo local porque antes funcionaba en el ex aeropuerto y a través de convenios que firmó el Ministerio de Educación firmó convenios con la Nación para incorporar los programas de Igualdad e Inclusión Educativa y el de Escuelas del Bicentenario. Según las educadoras, las aulas alfabetizadoras, la capacitación en servicio de los docentes y los recursos didácticos que brinda el programa del Bicentenario, junto al componente de salud integral fueron fundamentales en los buenos resultados obtenidos.

El ambiente alfabetizador se crea mediante la introducción en las aulas de libros, revistas, afiches, juegos, diarios, envases, etc. Pero no basta con los materiales, son importantes las prácticas culturales que se llevan a cabo en la clase, así como las acciones que desarrolla el maestro.

Según una docente de primer grado, el hecho de que hayan sido capacitados durante la jornada escolar y de aprender nuevas metodologías y enfoques las ayudó a llegar a los alumnos de un modo diferente. En poco tiempo lograron revertir la realidad negativa: la participación en clase y la expresión oral mejoró sustancialmente. Se valieron también de los carteles indicadores y de los nombres de cada uno de los chicos que se colgaron en la pared, de los libros de cuentos, manuales y kits que emplean los chicos en clase, donde también recibieron principios de buena alimentación y salud. "Es una experiencia muy buena porque involucra a los padres. Iniciamos las clases con el desarrollo oral de los chicos hasta la escritura", dijo otra docente de primer grado. "El 90% de mis alumnos que tenía en 2º grado pasaron a 3º sin problemas; leen y escriben, participan en clase, y pueden expresarse", afirmó otra.

En tres años, la realidad adversa pudo comenzar a revertirse. Como señalamos en otras oportunidades, el maestro es el eje de todo hecho educativo. Si se lo capacita constantemente, se lo estimula y se lo ayuda a ser creativo y a innovar o a cambiar de estrategias en el aula hasta encontrar la más adecuada, el resultado se verá reflejado en el rendimiento de sus alumnos. Quizá los chicos lograron un sentido de pertenencia que posiblemente tenga que ver con el alto presentismo porque siempre se desea ir adonde una persona se siente bien. Sin duda, una experiencia que debería ser tenida en cuenta en las otras escuelas.